En una jornada histórica que ha conmocionado al mundo entero, las fuerzas militares de Estados Unidos ejecutaron una operación de gran envergadura en territorio venezolano, culminando con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
El anuncio oficial fue realizado por el presidente Donald Trump, quien describió la maniobra como un éxito rotundo en la lucha contra el narcoterrorismo y la corrupción que, según Washington, ha caracterizado al régimen venezolano durante décadas.

La operación, que incluyó ataques aéreos precisos contra instalaciones militares clave en Caracas y sus alrededores, se llevó a cabo en las primeras horas del 3 de enero de 2026.
Testigos en la capital reportaron explosiones intensas en bases como La Carlota y Fuerte Tiuna, acompañadas de sobrevuelos de aeronaves y cortes de electricidad en amplias zonas.
Según informes oficiales estadounidenses, el objetivo principal era neutralizar amenazas y facilitar la extracción de Maduro, quien fue localizado en un complejo fortificado y trasladado inmediatamente fuera del país junto a su esposa.

Trump, en una conferencia de prensa desde Mar-a-Lago, calificó la acción como “brillante” y “de precisión quirúrgica”, destacando la participación de unidades élite como Delta Force.
“Estados Unidos ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, Nicolás Maduro, quien ha sido capturado junto a su esposa y sacado del país”, declaró el mandatario en redes sociales horas antes.
Maduro y Flores fueron trasladados a Nueva York, donde enfrentan cargos federales por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y posesión ilegal de armas, en un juicio que promete ser histórico.

Las repercusiones inmediatas en Venezuela fueron caóticas. La vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió interinamente el mando, denunciando una “agresión imperialista” y declarando estado de emergencia.
Sin embargo, miles de venezolanos salieron a las calles en celebraciones espontáneas, viendo en estos eventos el fin de más de dos décadas de crisis económica, represión política y éxodo masivo.
Comunidades de exiliados en todo el mundo, desde Miami hasta Madrid, expresaron júbilo incontenible, con testimonios de víctimas de persecución política inundando las redes sociales.
Un elemento clave en este desenlace ha sido el rol estratégico del presidente salvadoreño, Nayib Bukele. Durante meses, Bukele actuó como intermediario en negociaciones que incluyeron intercambios de prisioneros.
En acuerdos previos facilitados por El Salvador, Venezuela liberó a ciudadanos estadounidenses detenidos a cambio de supuestos miembros del Tren de Aragua recluidos en la megacárcel CECOT.
Bukele, conocido por su estilo directo, había manifestado públicamente que el régimen madurista estaba “satisfecho” con esos tratos, sin advertir que esto eliminaba valiosos “rehenes” que podrían haber disuadido una acción directa de Washington.
Analistas internacionales coinciden en que esta maniobra diplomática de alta presión, combinada con el buildup militar estadounidense en el Caribe durante 2025, dejó al régimen sin opciones defensivas viables.
La liberación previa de estadounidenses detenidos en Venezuela eliminó un escudo potencial, permitiendo a Trump ordenar la operación sin riesgos inmediatos para sus compatriotas.
El impacto geopolítico es profundo. Trump ha anunciado que Estados Unidos asumirá un rol directo en la transición venezolana, incluyendo la supervisión de recursos petroleros, lo que ha generado críticas por parte de aliados europeos y latinoamericanos preocupados por precedentes de soberanía.
Organismos como la ONU y la OEA han convocado reuniones urgentes, mientras China y Rusia condenan la acción como violación del derecho internacional.
Para millones de venezolanos, este evento representa un punto de inflexión. Familias separadas por la migración forzada, opositores perseguidos y víctimas de la hiperinflación ven en la captura de Maduro el comienzo de una era de justicia y reconstrucción.
En las calles de Caracas, entre escombros y humo disipándose, se escuchan voces de esperanza: “Finalmente se hace justicia”.
El futuro de Venezuela pende de un hilo, pero el mensaje es claro: la cooperación entre naciones aliadas y una estrategia implacable han logrado lo que años de sanciones aisladas no pudieron.
Mientras Maduro declara su inocencia desde una corte en Nueva York, afirmando ser aún “presidente de mi país”, el mundo observa cómo se redefine el equilibrio en América Latina.
Este capítulo, marcado por precisión militar y astucia diplomática, resonará por generaciones, recordándonos que la historia contemporánea puede cambiar en una sola noche de operaciones encubiertas y decisiones audaces.
Bukele, con su estilo directo y desafiante, había publicado en sus redes sociales que el régimen de Maduro estaba satisfecho con el trato, sin darse cuenta de que, al aceptar el intercambio, se estaban quedando sin sus principales “rehenes” frente a la nación más poderosa del mundo.
“Se quedaron sin cartas”, señaló el mandatario salvadoreño, cuya visión estratégica parece haber sido la pieza del rompecabezas que permitió a Estados Unidos actuar sin poner en riesgo directo a sus ciudadanos detenidos en Venezuela.
La reacción popular en las calles de Venezuela y en las comunidades de migrantes alrededor del mundo ha sido de un júbilo incontenible.
Entre lágrimas y abrazos, ciudadanos que se vieron obligados a abandonar su tierra o que perdieron a familiares en las protestas de años anteriores, hoy sienten que finalmente se está haciendo justicia.
Testimonios de hermanas de perseguidos políticos y víctimas del régimen inundan las redes sociales, compartiendo el sentimiento de que este “milagro” es el inicio de una Venezuela libre.