En el complejo tablero de la geopolítica latinoamericana, pocas veces un discurso ha logrado traspasar fronteras con la fuerza de un tsunami político como lo ha hecho la reciente intervención de Nayib Bukele. El presidente de El Salvador, conocido por su estilo disruptivo y su política de mano dura contra las pandillas, ha lanzado un mensaje que no solo estremece al mundo, sino que ha provocado una reacción defensiva inmediata en el gobierno de México, encabezado por Claudia Sheinbaum.

El núcleo del mensaje de Bukele es tan simple como devastador: la inseguridad no es una fatalidad geográfica ni económica, sino una decisión política. Con una seguridad aplastante, el mandatario salvadoreño afirmó que cuando un país no resuelve sus problemas de delincuencia es, fundamentalmente, por dos razones: falta de voluntad o complicidad directa. “En algunos casos es porque son socios de los delincuentes”, sentenció Bukele, una frase que resonó como un trueno en los pasillos del poder en la Ciudad de México.
Para él, la persistencia de la violencia en naciones vecinas no responde a la complejidad inherente de sus sociedades, sino a una elección deliberada de no actuar con firmeza o, peor aún, a una connivencia que beneficia a ciertos sectores del poder.

Bukele no se limitó a la teoría. Con orgullo, recordó cómo El Salvador ha pasado de ser el epicentro de la violencia mundial a convertirse en el país más seguro del hemisferio occidental. Este cambio radical, según sus palabras, no se debió a una lluvia de recursos o a la ayuda internacional, sino a la decisión de priorizar los derechos humanos de la “gente honrada” por encima de los derechos de los criminales.
El régimen de excepción, las detenciones masivas y la construcción de megacárceles han sido herramientas controvertidas, pero efectivas en la reducción drástica de los homicidios, que en 2024 cerraron con una tasa de apenas 1,9 por cada 100.000 habitantes, según datos oficiales. “Si nosotros lo hicimos con pocos recursos, un país grande también puede”, insistió, en una clara alusión a naciones como México, que cuentan con economías mucho más robustas y estructuras institucionales más amplias.

La respuesta desde México no se hizo esperar. La presidenta Claudia Sheinbaum, cuestionada sobre las críticas de Bukele hacia la situación de inseguridad en territorio mexicano, optó por una postura de cautela diplomática, aunque visiblemente tensa. “No voy a entrar en debate con Bukele”, declaró la mandataria en su conferencia matutina, limitándose a pedir respeto para México y para la forma en que su administración gestiona la soberanía nacional. “Él fue electo por su pueblo, pero al mismo tiempo pedimos respeto para México. Respeto, siempre respeto.
Es la característica de la diplomacia”, enfatizó Sheinbaum, evitando confrontaciones directas pero dejando claro que no aceptaría lecciones externas sobre cómo abordar un problema de dimensiones continentales.
Sin embargo, el contraste es inevitable. Mientras en México la estrategia de seguridad sigue bajo un intenso escrutinio público debido a la persistencia de la violencia en diversos estados —con cárteles que controlan territorios enteros y tasas de homicidios que varían enormemente por región—, Bukele utiliza el “poder del ejemplo” para cuestionar a sus pares. Su argumento hiere la narrativa de que la complejidad de naciones como México, con su federalismo, su diversidad geográfica y sus redes criminales transnacionales, justifica la falta de resultados inmediatos.
Bukele, en publicaciones en redes sociales, ha ido más allá: señaló que 28 de los 32 estados mexicanos tienen una población igual o menor a la de El Salvador, proponiendo resolver el problema “estado por estado, uno tras otro”. Esta sugerencia práctica choca frontalmente con la visión mexicana, que prioriza enfoques integrales, coordinación interinstitucional y respeto a los derechos humanos en un contexto de mayor escala demográfica y territorial.
¿Por qué el mundo observa a El Salvador? Bukele planteó una pregunta retórica que ha calado hondo en la opinión pública internacional: ¿Por qué tanto interés en un país pequeño, sin petróleo ni grandes recursos naturales? Su respuesta es que los gobiernos tradicionales le tienen miedo a que los ciudadanos se den cuenta de que los problemas sí tienen solución.
Este mensaje ha encontrado un eco masivo en ciudadanos de toda América Latina, desde Chile hasta México, que ven en el modelo salvadoreño una luz de esperanza frente a décadas de impunidad, corrupción y fracaso en las políticas de seguridad convencionales. Redes sociales se han llenado de comparaciones, memes y debates que posicionan a Bukele como un líder que “hace lo que otros no se atreven”.
El mandatario también arremetió contra los organismos internacionales y gobiernos extranjeros que critican sus métodos, acusándolos de defender una “falsa democracia” que solo parece beneficiar a quienes derraman sangre. “Vamos a hacer lo que ustedes hacen, no lo que ustedes nos quieren ordenar hacer”, afirmó, en clara alusión a las potencias desarrolladas y a entidades como la CIDH o Amnistía Internacional, que han denunciado violaciones a los derechos humanos en el marco del estado de excepción.
Para Bukele, estas críticas son hipócritas: mientras otros países permiten que el crimen organizado infiltre instituciones, él opta por la acción directa, aunque eso implique suspensiones temporales de garantías constitucionales.