EL HOMBRE DEL CHAVISMO EN EUROPA: ZAPATERO NUNCA SE FUE DE ESPAÑA
José Luis Rodríguez Zapatero dejó la presidencia del Gobierno español hace más de una década, pero nunca abandonó del todo la escena política.

Lejos de los focos institucionales, su figura ha seguido presente, tejiendo relaciones, mediando en conflictos internacionales y proyectando una influencia que trasciende fronteras.
Para muchos observadores, Zapatero se ha convertido en el principal interlocutor del chavismo en Europa, un papel discreto pero constante que ha marcado su trayectoria reciente.
Desde su salida de La Moncloa, el expresidente socialista ha cultivado una imagen de mediador global, defensor del diálogo y del entendimiento entre gobiernos enfrentados.
Sin embargo, su implicación reiterada en la crisis venezolana ha generado un debate profundo en España y fuera de ella. ¿Es Zapatero un puente diplomático necesario o un actor político que ha asumido una cercanía excesiva con el régimen de Caracas?
La relación entre Zapatero y Venezuela no es nueva. Durante su etapa como presidente del Gobierno, España mantuvo vínculos fluidos con el entonces Ejecutivo de Hugo Chávez. Años después, ya fuera del poder, Zapatero regresó al escenario latinoamericano como enviado informal, participando en procesos de diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición. Un rol que, con el paso del tiempo, ha definido su perfil internacional.
En Europa, pocos dirigentes han mantenido una implicación tan constante en el conflicto venezolano.
Zapatero ha viajado en numerosas ocasiones a Caracas, ha mantenido reuniones con las principales figuras del poder político del país y ha defendido públicamente la vía del diálogo como única solución posible.
Sus palabras, siempre medidas, han evitado la confrontación directa y han apostado por un discurso de entendimiento, incluso en los momentos de mayor tensión.
Esta postura ha despertado críticas. Sectores políticos y sociales consideran que su enfoque ha sido excesivamente complaciente con el chavismo.
Otros, en cambio, sostienen que su papel ha sido malinterpretado y que su objetivo ha sido evitar un mayor deterioro institucional y social en Venezuela. La figura de Zapatero, una vez más, se sitúa en el centro de una polarización que trasciende ideologías.
Pero Zapatero nunca se fue de España. Aunque su actividad se ha desarrollado en gran parte fuera del país, su influencia sigue resonando en el debate político nacional.
Cada gesto, cada declaración sobre América Latina o sobre la política internacional es analizada con lupa. Para sus detractores, representa una forma de diplomacia paralela; para sus defensores, un activo internacional que España no debería desaprovechar.
El chavismo, por su parte, ha encontrado en Zapatero un interlocutor europeo dispuesto a escuchar.
Su presencia ha servido para trasladar al continente una narrativa basada en la soberanía nacional y el rechazo a las sanciones internacionales.
Una narrativa que Zapatero no siempre ha hecho suya, pero que ha sabido canalizar en foros internacionales, insistiendo en la necesidad de soluciones políticas y no punitivas.
Este papel le ha permitido mantener una red de contactos que se extiende más allá de Venezuela. Líderes latinoamericanos, organismos internacionales y figuras políticas europeas reconocen su capacidad para moverse en escenarios complejos.
Zapatero ha construido un perfil que combina experiencia institucional y libertad de acción, una combinación poco habitual en la política contemporánea.
En España, su figura genera una mezcla de respeto, recelo y debate permanente.

Para algunos, sigue siendo el expresidente que impulsó profundas reformas sociales y marcó una época. Para otros, su cercanía con el chavismo empaña su legado y plantea preguntas incómodas sobre los límites de la mediación internacional.
El tiempo ha demostrado que Zapatero no concibe la retirada como una opción.
Su actividad constante revela una convicción clara: la política no termina con el cargo. En este sentido, su trayectoria desafía los moldes tradicionales del expresidente retirado y redefine el papel de los antiguos líderes en el escenario global.
La expresión “el hombre del chavismo en Europa” resume una percepción, no una etiqueta oficial. Zapatero ha evitado definiciones tajantes y ha defendido siempre su independencia. Sin embargo, su nombre aparece de forma recurrente cada vez que se habla de Venezuela en clave europea, una asociación que él mismo no ha desmentido, pero tampoco ha reivindicado abiertamente.
A lo largo de los años, su discurso ha mantenido una coherencia notable: diálogo, respeto institucional y rechazo a la confrontación.
Un enfoque que, en un mundo marcado por la polarización, resulta tan valorado como cuestionado.
Zapatero se mueve en ese espacio ambiguo donde la diplomacia se confunde con la política y la neutralidad es puesta a prueba constantemente.
Zapatero nunca se fue de España porque España tampoco se fue de él. Su figura sigue formando parte del imaginario político del país, influyendo en debates clave y proyectando una sombra alargada sobre la política exterior.
Su relación con el chavismo es solo una parte de una trayectoria más amplia, pero es, sin duda, la que más atención ha generado.
En un contexto internacional cada vez más fragmentado, el papel de mediadores informales cobra relevancia.
Zapatero ha asumido ese rol con convicción, consciente de las críticas y del coste reputacional que conlleva.
Su apuesta por el diálogo lo ha situado en una posición incómoda, pero también singular.
Así, mientras el tiempo pasa y los escenarios cambian, una certeza permanece: José Luis Rodríguez Zapatero sigue siendo un actor político de primer nivel. Lejos del poder formal, pero cerca de los grandes conflictos.
Lejos de España en kilómetros, pero nunca ausente de su debate público. El hombre del chavismo en Europa, para algunos. El mediador incansable, para otros. En cualquier caso, una figura que nunca se fue.