Barranquilla no fue solo una parada más en la gira mundial de Shakira; se convirtió en el epicentro de un terremoto emocional que sacudió los cimientos del Estadio Metropolitano Roberto Meléndez.
En una noche que ya se perfila como el evento cultural más importante del año en Colombia, la artista más icónica del país regresó a sus raíces para ofrecer un espectáculo que trascendió lo meramente musical, transformándose en un tributo vivo a su historia personal, su familia y su identidad caribeña.

Horas antes de que resonara la primera nota en el recinto, la atmósfera en “La Arenosa” era de una anticipación casi eléctrica.
El Tour “Las Mujeres Ya No Lloran” llegaba a casa, y con él, una Shakira renovada que, a pesar del título empoderador de su gira, no pudo contener las lágrimas al enfrentarse al amor incondicional de su público.
El concierto fue, en esencia, un viaje de regreso al origen: la sofisticación del pop global se fundió con el sudor, la alegría y el ritmo contagioso del Carnaval de Barranquilla.

El momento que quedó grabado en la memoria de los casi 50.000 asistentes ocurrió durante la interpretación de “Antología”, uno de sus clásicos más emotivos del álbum Pies Descalzos. La cámara captó a Nidia Ripoll, la madre de la cantante, entre el público en primera fila.
Ver a su hija brillar en el mismo suelo donde dio sus primeros pasos artísticos, convertida en una leyenda viviente, fue demasiado para Doña Nidia, quien rompió en llanto visible.
Shakira, desde el escenario y visiblemente conmovida, dedicó palabras de profundo agradecimiento a la mujer que la apoyó incondicionalmente cuando sus sueños parecían inalcanzables. “Si mi papá pudiera ver esto…”, murmuró con voz quebrada, refiriéndose a William Mebarak, quien no pudo asistir por problemas de salud.
Fue un instante de vulnerabilidad pura que humanizó a la superestrella ante una multitud que rugía su nombre y ondeaba banderas colombianas.

La emoción no se detuvo allí. Por primera vez, los hijos de la cantante, Milan y Sasha, fueron testigos directos del impacto masivo que su madre genera en su tierra natal.
Los pequeños, acompañados de su abuela, observaron desde las gradas el despliegue de talento y la devoción de un estadio entero. Fuentes cercanas aseguran que ver a sus hijos presenciando este momento fue uno de los mayores deseos cumplidos para la barranquillera.
La presencia familiar transformó el concierto en una reunión íntima de proporciones masivas, donde el escenario se convirtió en una extensión del hogar.
En el plano técnico y artístico, el show fue una auténtica cátedra sobre cómo honrar una herencia cultural.
Shakira apareció ataviada con el tradicional sombrero vueltiao y se movió al ritmo del mapalé, la cumbia y el garabato, demostrando que sus caderas no mienten y que su conexión con el folclore colombiano sigue siendo inquebrantable.
El Metropolitano tembló literalmente cuando interpretó himnos del Carnaval, como “Te Olvidé” junto a invitados especiales como Chelito de Castro y la reina del Carnaval 2025, Tatiana Angulo Fernández.
Con energía desbordante, la artista dio inicio oficial a la fiesta más grande de Colombia, proyectando un Caribe que lleva en la sangre y que contagió a todos los presentes.
Mientras el estadio vibraba con cánticos y bailes, la grandeza de Shakira también era reconocida a nivel internacional.
Durante esa misma jornada del 20 de febrero de 2025, se confirmaba que la artista se alzaba con seis galardones en los Premios Lo Nuestro —incluyendo Álbum del Año por Las Mujeres Ya No Lloran, Artista Pop Femenina del Año y varias colaboraciones destacadas—, reafirmándose como la figura más premiada y relevante de la industria latina actual.
Sin embargo, para ella, el premio más grande no estaba en las estatuillas doradas, sino en el abrazo simbólico de los barranquilleros que llenaron el recinto hasta los topes, cerrando bocas a quienes dudaban de su capacidad para convocar multitudes en su propia casa después de casi dos décadas sin presentarse allí en gira.
El concierto cerró con una promesa de amor eterno hacia Barranquilla. Shakira no solo cantó sus éxitos globales; narró su historia de superación, dolor, resiliencia y triunfo. Fue una noche de redención donde la música actuó como puente para sanar heridas y celebrar la vida.
Al final, las lágrimas de Shakira y de su madre no fueron de tristeza, sino de alivio y gratitud: el alivio de quien regresa a casa después de conquistar el mundo, sabiendo que, sin importar cuán lejos llegue, su corazón siempre pertenecerá a las calles calurosas, los ritmos alegres y la gente cálida de Barranquilla.
Este regreso triunfal no solo marcó un hito en su carrera, sino que recordó al mundo que Shakira es mucho más que una estrella internacional: es una hija, una madre, una barranquillera orgullosa que, con cada paso de baile y cada nota, sigue llevando el alma del Caribe a todos los rincones del planeta.
La noche del 20 de febrero de 2025 quedará grabada como el día en que “La Loba” volvió a su manada, y la manada respondió con un rugido de amor incondicional.