El panorama geopolítico de América Latina ha dado un giro sísmico que pocos imaginaron ver tan pronto.

En lo que ya se describe como una de las operaciones militares y judiciales más audaces de la historia moderna, Nicolás Maduro ha sido capturado y trasladado a los Estados Unidos para enfrentar la justicia federal.
Las imágenes que circulan por todo el mundo han dejado atónitos a seguidores y detractores por igual: el hombre que durante años ostentó un poder absoluto en Venezuela apareció descendiendo de un avión en el aeropuerto Stewart de Nueva York, despojado de sus insignias, esposado y custodiado por agentes federales.
Este colapso de la estructura de poder en Venezuela no solo ha generado júbilo en las calles de Caracas y en las comunidades de la diáspora alrededor del mundo, sino que ha provocado una reacción inmediata y contundente del presidente de El Salvador, Nayib Bukele.
Para el mandatario salvadoreño, este evento representa mucho más que una noticia internacional; es la confirmación de una premisa que ha sostenido durante su carrera: los regímenes construidos sobre el miedo y la corrupción tienen un destino inevitable de caída y deshonor.
La captura, bautizada internamente por las fuerzas estadounidenses como la operación “Martillo de la Medianoche”, fue un despliegue de precisión quirúrgica. Según los informes disponibles, la misión comenzó en las primeras horas de la madrugada, aprovechando una serie de apagones estratégicos en la capital venezolana.
Una docena de helicópteros de operaciones especiales, conocidos como los “Night Stalkers”, junto con unidades de la élite Delta Force, penetraron el espacio aéreo venezolano para atacar objetivos específicos, principalmente bases militares clave como La Carlota, con el fin de neutralizar cualquier capacidad de respuesta del régimen.
El resultado fue inmediato. Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron extraídos de su fortaleza en Caracas y trasladados fuera del país.
Horas más tarde, el propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, confirmaba el éxito del operativo a través de sus redes sociales, publicando incluso una fotografía impactante de Maduro bajo custodia a bordo del USS Iwo Jima, uno de los buques de guerra más imponentes de la flota estadounidense.
En la imagen, se observa a un Maduro visiblemente afectado, con los ojos cubiertos y oídos tapados, una estampa de humillación total para quien se hacía llamar el “comandante” de la revolución bolivariana.
Nayib Bukele, quien ha mantenido una tensa y pública enemistad con el régimen de Maduro, reaccionó de manera simbólica y directa.
A través de sus plataformas oficiales, el presidente salvadoreño publicó la bandera de Venezuela, un gesto de solidaridad con el pueblo que hoy celebra lo que consideran su segunda independencia.
Bukele también se encargó de recordar un video del pasado en el que un Maduro desafiante arremetía contra él, llamándolo “mequetrefe” y “pelele del imperialismo”, y sentenciando que “quien se mete con Venezuela, se seca”.
Hoy, la ironía no podría ser más amarga para el exdirigente venezolano: mientras Bukele goza de niveles históricos de popularidad, Maduro enfrenta la posibilidad de pasar el resto de sus días en una prisión de máxima seguridad.
La reacción de Bukele no es solo personal, sino política y regional. Al exponer la caída del dictador, Bukele envía un mensaje claro a otros líderes de la región que optan por modelos autoritarios. El mensaje es que el poder sin legitimidad popular y basado en la represión es efímero.
La escena de Maduro caminando con dificultad, bajo control total de agentes de la DEA y sin el habitual séquito de aplausos forzados, marca el colapso de una narrativa que intentó imponerse a sangre y fuego.
En las calles de Venezuela, el silencio de la noche fue reemplazado por gritos de esperanza y el sonido de las banderas ondeando.
Imágenes del rostro de Maduro han sido arrancadas de las instituciones públicas y quemadas en plazas, simbolizando el fin de una era de hiperinflación, hambre y persecución política.
La administración estadounidense ha dejado claro que su objetivo ahora es apoyar una transición rápida, justa y legal hacia una verdadera democracia, además de trabajar en la reconstrucción económica del país mediante el restablecimiento del comercio y el retorno de empresas petroleras internacionales.

El impacto emocional de ver a Maduro y Cilia Flores en instalaciones vinculadas a la DEA en Nueva York es incalculable. No hubo alfombras rojas ni discursos revolucionarios sobre la soberanía; solo hubo protocolos judiciales y el frío peso de la ley.
La frase “Happy New Year” que Maduro pronunció de manera forzada durante su traslado fue recibida por muchos como un signo de nerviosismo extremo, la reacción de alguien que comprende, finalmente, que su mundo se ha derrumbado para siempre.
Esta operación marca un antes y un después en la historia de América Latina. La captura de un jefe de Estado en ejercicio por parte de una potencia extranjera bajo cargos de narcotráfico y terrorismo es un evento sin precedentes que redefine las relaciones internacionales en el hemisferio.
Mientras tanto, el mundo observa cómo una nación que fue secuestrada por una élite corrupta comienza a respirar de nuevo.

Nayib Bukele ha dejado una lección clara en sus intervenciones: el poder real reside en el pueblo y en la justicia. Al final del día, el hombre que amenazaba al mundo terminó siendo el burlado por la propia realidad que intentó ignorar.
Venezuela empieza hoy un camino largo hacia la recuperación, pero lo hace con la certeza de que el “martillo de la medianoche” ha puesto fin a una de las pesadillas más largas del continente.
La caída de Maduro no es solo el fin de un hombre, sino el derrumbe de un sistema que, como bien señaló Bukele, terminó secándose ante los ojos del planeta entero.